El pecado de Yuriko, comentario político de José Luis Hernández Jiménez

EL PECADO DE YURIKO

Por José Luis Hernández Jiménez

Avisotv.- Yuriko fue una de las 22 víctimas de microcefalia aguda, enfermedad que obtuvieron los niños cuyas madres embarazadas sufrieron radiación. Ella es coja, sus caderas están desarticuladas. Presenta anomalías en el habla y, aunque supe de ella (en 1988), ella tenia 36 años de edad, parecía una adolescente. Su desarrollo mental se detuvo a los 2 años, y su conducta era la de un bebé. No podía bañarse ni hacer sus necesidades sin ayuda.

Yuriko sonreía al sentirse bien y fruncía el ceño cuando estaba de mal humor. Su mayor alegría era la televisión. Y otra cosa, siempre lleva consigo estampas recortadas de revistas
y periódicos. No sabía leer, pero le gusta ver las fotos. Me parecía que no pensaba en nada más.
Todos se acostumbraron a verla sentada ante la tele o viendo horas y horas las revistas de cine. Así se le había visto siempre. Daba lástima y tristeza verla así. Un nudo en nuestra garganta no lo podíamos evitar. Daba ganas de abrazarla.

¿Por qué debe arrastrar esa cruz? Todo el mundo tiene derecho a la vida. ¿Quien tiene la culpa de que la suya haya sido destrozada? ¿Qué pecado cometió?…

Su penitencia empezó la fecha en que cayó en Hiroshima, Japón, la primera bomba atómica a la que, por cierto, la llamaron Enola Gey, «La Criatura». Ese día, la madre de Yuriko era feliz esperando el nacimiento de su hija. Pero brilló la diabólica luz y la explosión abatió lo más sagrado: el vientre de una madre. Así comenzó el largo camino de sufrimientos….

La mañana del 6 de agosto de 1945, en el barrio Nishi Daiku-machi, situado a 739 metros del epicentro de la inminente explosión, los obreros derribaban casas viejas. Entre ellas se
encontraba la madre. A sus espaldas, atado con correas estaba su hijo menor, Masaaki.
Por eso le dieron un trabajo más fácil: tenía que preparar la comida para los demás. Apenas dio unos pasos bajo el cobertizo donde se hallaban la cocina, fue cegada por una llamarada muy fuerte. Cuando recobró la vista, el cuadro era horrible: los edificios y medio centenar de obreros habían desaparecido.

La madre de Yuriko vio acercarse una banda de fuego. Ella y un grupo de personas aterradas echaron a correr. De pronto, comenzó una llovizna negra. Ella se lanzó a un cobertizo que por milagro quedó intacto en medio del campo.

Al bajar de la espalda al pequeño, descubrió que su cabeza sangraba y estaba  atiborrada de vidrios. La pobre criatura, acurrucada detrás de la madre, del susto no podía llorar. Con cuidado, la madre empezó a sacarle los cristales, aunque no pudo totalmente.

Una semana después, la mamá enfermó, tenía vómito, y diarrea hemorrágica, Cuando la peinaban, mechones enteros quedaban en las manos. También Masaaki tenía diarrea hemorrágica  y lo acostaron en la cama con su madre.

En aquel tiempo nadie conocía el síndrome radiactivo, y el médico de la localidad trataba de indigestión a la madre y al pequeñito. El 29 de agosto Masaaki murió; pero no consta en la lista de las víctimas del bombardeo nuclear, ya que se consideró que sucumbió debido a gastritis aguda…

El médico creía que la madre también moriría. Pero la vecina le aconsejó tomar tisana de hojas de caqui. La madre tomó esa infusión hasta que el árbol quedó deshojado. Es difícil afirmar que le sirvió de ayuda, aunque con el tiempo la mamá mejoró. El bebé que se movía en sus entrañas le servía de consuelo ante la pérdida de su hijo.

Cinco o seis años antes de su muerte, la madre empezó a .quejarse de dolores en la espalda. Le daban masajes; Fue el principio de su lucha contra el monstruo que hoy se conoce como «síndrome radiactivo». Enseguida no comprendieron lo serio de su enfermedad.

El médico le aconsejó que se hiciera un chequeo minucioso en el hospital nacional. Ella se negó, por no dejar sola a Yuriko. .Sentía que cada vez le era más difícil andar. En octubre de 1978, al hacerle una radioscopia le encontraron metástasis malignos. El padre de Yuriko dijo que la madre tenía cáncer. Al escucharlo parecía que algo se quebraba. A ella nada se le dijo.

Una vez, cuando Yuriko estaba sentada, mirando la tele, la mamá señalando su costado enflaquecido le dijo: «Yuriko, me duele. Por favor acaríciame», Y estaba llorando, no de dolor sino por amor y miedo de saber que su criatura quedaría sola.

Un diciembre, la madre se vio al espejo, «Tengo la cara hinchada», dijo., Cuando a este tipo de enfermos se les hincha el cuerpo, significa que ya no hay esperanza. Aun así sé le trataba de consolar: «Es que dormiste con la cara en la almohada». No -contestó-: es que es el fin”.  
En otra ocasión les platico lo que sigue, estimados cuatro o cinco lectores (as). Solo quería recordarles con el anterior relato que, en 1945, hace 66 años, en Japón – el 6 de agosto en Hiroshima y el 9 en Nagasaki – fueron lanzadas dos bombas atómicas que provocaron la muerte inmediata de 250 mil seres humanos y otros tantos que fueron muriendo poco a poco, por los efectos de la radiación, como el caso de Yuriko. Creo que no debemos olvidarlo.

 
México D. F. a 9 de agosto de 2011.    
 
       

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